Psicología del Color parte 3

Critica de la película: Más Extraño que la Ficción. Año: 2006.

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Algunas escenas cortas con ambientes teñidos de un rojo intrincado, casi incomprensible por sanguinolento, presagian una probable muerte que el protagonista, muchísimo menos que lo rojo de la escena, asume, por la naturaleza de la preocupación, que será violento. Esto se nos ha bosquejado un poco de manera infrecuente. Pero eficaz. La composición de exteriores e interiores conjuntamente es en exceso atinada y semeja un impresionismo que hunde sus raíces en la interioridad de cada personaje. La exactitud con que Harold aborda los espacios muy bien definidos no es otra cosa que lo que tiene él de más personal, no refuerza tanto su condición de hombre con un destino aleatorio y que forzosamente es interpolado a otra realidad, como si su identidad misma. 

Esos espacios que frecuenta: la oficina, su pequeño apartamento, la ciudad misma, el autobús (no así la pastelería) todos los cuales parecen sacados de un universo en perfecta sincronía, de cuadros que se componen de materiales sintéticos y que contrastan con la suciedad de la existencia, coinciden exactamente con lo que Harold tiene en su interior, y que en el contacto con los demás (una verdadera abstracción) él representa solemnemente con consciente economía. La misma austeridad que vemos con que están compuestos esos artificiales espacios viciosamente novelescos, sin una aparente moderación en las formas demasiado elaboradas, ni en los colores perfectamente virtuales. Como superpuestos a una irrealidad extraña, inconcebible. Pero ideal, perentoria y viable. Esos lugares comunes son su mente misma. Se nos ofrece la siguiente paradoja. En las artes plásticas aquellos serian como oleos elaborados por una entidad esencialmente inhumana ¿Un fantástico artefacto podría ser? ¿Un inaudito instrumento?  En el caso de la fotografía están compuestas como por un pincel superior y, por lo mismo, seco. Humanamente indeseable. Cuando habitamos la pastelería y la casa de la señorita Pascal, la inverosimilitud se disloca y se añade a la realidad, pero no a cualquier forma de realidad, se insinúa bajo unas condiciones demasiado extravagantes para Harold, que se persuade de todo lo hostil que le resulta. Realidad equivoca y siempre imprecisa para él.  Sincera, conforme y despreocupada para ella. En ambos casos realidad deshumanizada.

Por otro lado, existe el apartamento que ocupa nuestra escritora. De iluminación  más plateada que el blanco. En perpetuo invierno, glacial, con una que otra racha de luz que se introduce musical e imperceptible por entre los amplios rosetones. Lugar con un brillo inquebrantable que perdura en el cadavérico gris. Vacío pero de ninguna manera modesto, no tan misántropo como se quisiera. Demasiado delicado para tal menester. Nos aseguramos de que adentro de él reina una inconstante desolación, cuando, en su más notable decorado, el árbol de tallo marchito y hojas negras, desmenuzadas, enjuto y alargado, hace que evoquemos una primavera en estado de gestación, por tanto un otoño en la plenitud de su edad, en un discontinuo ocaso. Solo comparable a un ejercicio de ascesis que se enorgullece de su insuficiente reclusión. Una impostura. Igual pasa con la actividad síquica que bulle en el corazón de la escritora. En el centro mismo próximo al horror y al cambio. Lo que acontezca con el mundo le importa. Solo le repugna la carga de sufrimientos que la experiencia de la vida envuelve, la cara abominable del asunto, no participar de ellos parecer ser su pasaporte, lo cual es la evidencia misma. Véanse las escenas de los enfermos en el hospital y, en fin, todas aquellas que se congratulan de la observación sin consecuencias serias. Del espejismo intelectual y estéril, contrario a la incertidumbre y el dolor, y, en fin, a la ascesis indiscriminada que no descarta el comercio con la vida.

Pronto la cuarta y última parte. ¡Espérela!  

Autor: Gaél Truffaut
Fuentes: StrangerThanFiction-Trailerrepelis.cc
Imagen: pixabay_DavidRockDesing