La Cultura de la Utilidad 2da parte

Dice el sabio Salomón que no puede entrar sabiduría en alma malévola. Añade también que ciencia sin conciencia es la ruina del alma. (RABELAIS, Gargantúa y Pantagruel, libro II, cap. VIII)

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Al revés, la mala educación (de tinte obsequioso y estupidizante) debilita, pero no mata la carne (lo que sería preferible) y sí las ideas: si muere la carne se corta el tallo y no la raíz de lo que pena, se sufre menos, desaparece, en parte, la indignidad de seguir existiendo como rebaño. La mala educación es diabólica, como un disparo valioso que se calcula apuntando a la mitad de un pensamiento, pero que en su intención solo nos pudre completamente de a pedazos y, no obstante, nos transmite la impresión de que siempre desacierta en el fin. Así se educa para la ignorancia: haciendo del ignorante el resultado de algo muy inesperado, una tentativa de la que no se esperaba nada. Sus desprendidos miembros son el valor y la capacidad de observar y observarse, la voluntad de perfeccionamiento, la comprensión sensible que lleva a una compasión solidaria y despejada, sin flaquezas ni vicios transportados de seudo-humanidad, la confianza en sí mismo, el amor en todas sus manifestaciones, los sesos. La libertad de ser, en suma. Todo se ha andado: propiciaron la detonación y el gorgoteo que asciende no es un aborto, es, a nuestro sabio intuir, una onomatopeya sin las muchas serpientes de la Medusa, sorda e irrompible. ¡Y eso jamás fue previsto por nadie! Esa instrucción de pacotilla es muda, decadente y agresora, es insincera lo mismo que sádica.  Una rabiosa tendencia a obviar todo es el rasgo frecuente en esta esfera del aprendizaje: “La «educación para la vida práctica» no forma más que personas de principios, incapaces de pensar y actuar salvo en función de máximas, pero no forma hombres principales. Tan sólo forma espíritus legales, pero no libres”. Absolutamente, lo suscribo, preceptor Stirner. Se comprende aquí lo que en profundidad es un oxímoron encapuchado, quiero decir: ¿rebaño de humildes? Y se lo comprende no ya sólo en virtud de su contradicto in adiecto, ante todo por su sentido desembarazado de sombras: ¿un arrogante humilde? Más pareciera ser una sátira; un epigrama que es una apología al cautivo que defiende y abraza sin miramientos sus cadenas, al esclavo que sucumbe a sí mismo y a su amo. A la libertad que poseemos todos los seres para domesticarnos. De enriquecer nuestra degradación. Sátira atroz, admito. ¿Pero qué otra cosa pueden ser ese tropel de corderos orgullosos en el ultraje, en el desprecio que eso dañino les consagra y les perpetra, asediando con sus lúgubres alas (que son sus remos) el horizonte común: cual moscas que empapan sus patitas en el edén lucrativo de los ilustrados? Nada distinto de eso, una indolente manada; o si, una fatídica abstracción, que es lo mismo que manada. Pero también el burdo contrasentido de seres que se aglomeran en torno a esa feliz –porrefinada– abstracción, que distrae: la sensual adquisición de moneda, el súmmum del utilitarismo que raras veces es aprisionado entre los que se educan ¡se reclutan! para la riqueza… en bruto. ¿Y qué es lo que en efecto sucede? Que los placeres están al alcance de cualquiera, bajo el entretenido (palabra nefasta en su acepción actual) y deliberado procedimiento que suministra el fantasma del progreso: la entusiasta decepción que asumimos (eternamente prendados de una expectante y avasalladora riqueza) es inversamente proporcional a las competencias que poseen ciertos individuos para acaparar: es una notable etiqueta, un mandamiento, que entre los impuros (profesionales y reyes; políticos y banqueros; codiciosos y brutos) el éxito sea irrevocable, disipando la frustración (si para ellos la hubiere) –acaso desvaneciéndola, y con ella la duplicidad, el artificio – porque se acrecienta, en algunos raros por escogidos, la salud en oro y no el padecimiento derivado de su intemperancia económica. En Colombia, por circunscribirme a mi suelo, esto no ocurre con la mayoría de los educandos. ¿Lo merecen, son víctimas; obligados a seguirles el juego? Eso es otro capítulo del que no es muy difícil prever el resultado. Para estos últimos, temible acrimonia, la realidad siempre se mostrará en su espejo: porque refleja el abuso de la ceguera pese a su auténtico, y más serio, instinto de conservación (ven lo contrario de lo que sienten y tienen, felicidad y riqueza. Lo que hay: privaciones y apasionada desdicha) sometiéndose, como por manipulación inducida y, como ya dije, en algunos casos querida, a ese atributo o tara original que el pensador, Emil Cioran, señaló a propósito del fanatismo con lúcido desencanto: sometiéndonos a nuestra “necesidad de ficción, de mitología, que triunfa sobre la evidencia y el ridículo”. Fanáticos de nuestra desintegración, lo único no abstracto que permanece en nuestro entorno, en nuestro cosificado horizonte, es precisamente aquello con lo que ahora no contamos: el futuro.

Autor: Gaél Truffaut
Fuentes: www.edu.mec.gub.uyetimologias.dechile.neteducacionoesunproblema.blogspot.com.co